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¿Cuáles son tus cinco momentos veraniegos de oro?

04/09/2017 19:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

CÉSAR JAVIER PALACIOS. PERIODISTA EXPERTO EN MEDIO AMBIENTE

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Se acabaron las vacaciones. ¿Qué nos queda de ellas? Olvidemos las fotos del móvil enviadas a media humanidad a través de Instagram, Facebook, Twitter o WhatsApp. Olvidemos también los cientos de imágenes que hemos hecho y no volveremos a mirar, que acabarán apelotonadas en la memoria del teléfono hasta que un día por error, actualización, virus o cambio de aparato las perdamos todas. El moreno playero, qué remedio, también lo perderemos muy pronto, mucho antes que los kilos de más atesorados en las terrazas taperas.

Puestos a perder, también perderemos (tiraremos) muchos de esos adornos inútiles comprados sin ton ni son. Hemos hecho tantas cosas este verano, estado en tantos lugares, en compañía de tanta gente, que resulta casi imposible acordarse de los detalles de todos ellos.

Eso sí, Regresamos felices de las vacaciones, asegurando que estuvieron geniales, que nos han permitido descansar, recargar pilas, visitar sitios espectaculares, comer de maravilla. Pero hagamos un ejercicio de retrospectiva. Echemos por un momento la vista atrás. Tratemos de elegir los cinco momentos de oro del verano, aquellos que dentro de muchos años seguiremos recordando.

Mis mejores momentos han sido paseos mañaneros, una estrella fugaz inmensa cruzando rauda el firmamento en el páramo leonés, una pintura de Tiziano que me hizo llorar, una galerna en la costa vasca y el agridulce beso de una despedida. Los cinco son paisajes del alma. No aparecen en las guías turísticas ni se recomiendan en TripAdvisor porque son personales e intransferibles.

Cargado con la cámara y los prismáticos en busca de aves raras, las mayores alegrías me las dieron pajarillos tan comunes como una golondrina que se puso a cantar en el alféizar de la ventana. Después de visitar famosos museos europeos, la mayor obra de arte me la encontré en una puesta de sol y el mayor asombro lo tuve caminando por medio de una cuidada huerta burgalesa. Quise ver lobos en libertad y tan solo apareció un zorrito curioso, pero qué belleza de animal. Asistí a conciertos increíbles en pomposas catedrales, aunque ninguno de esos fenomenales músicos fueron capaces de superar en perfección al canto aflautado de la oropéndola haciendo verde eco en la chopera del río. Leí varios libros magistrales, pero ninguno me llegó tanto al alma como la pluma de abubilla que dos queridos amigos me mandaron por carta como heraldo de nuestra amistad.

Vuelvo en avión camino de casa, agotado después de haber viajado este verano más que los baúles de la Piquer. ¿Ha merecido la pena? Echo la vista atrás y mis mejores momentos se reducen a pequeños instantes camperos de felicidad. Quizá, como afirma Milan Kundera, para buscar en el infinito hay que cerrar los ojos. Tanto viajar, tanto patear el planeta, y al final lo más importante lo tenemos al lado. Nada que ver con ese Grand Tour educativo de los siglos xviii y xix donde los jóvenes aristócratas viajaban por Europa para mejorar su formación humanística. Viajar ahora es pura diversión sin apenas contenidos. La moda del turismo como negocio movilizador de masas nos está haciendo perder la perspectiva, nos hace confundir valor con precio. Una semana en Bangkok puede ser más barato que diez días en el Bierzo, a pesar de que la opción berciana sea infinitamente más interesante. Perseguimos lugares famosos donde lo único destacable será que hemos estado en ellos. Subimos a torres, tejados y azoteas en busca de una foto, y si vamos al campo reclamamos miradores y hasta observatorios para hacer lo mismo. Llenamos las fuentes de monedas. Amontonamos piedras y atamos candados a los puentes. Hemos perdido la reflexión y la introspección del viajero atento.

Para algunos lo mejor del viaje es el viaje en sí mismo. Otros defienden que lo más importante es el regreso; dejar las maletas en el pasillo y repanchigarte finalmente en el sofá. Yo me quedo con los ojos brillantes de ese zorrito.


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