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El gentleman y el brazalete

27/06/2018 14:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Capitán de la selección de The Three Lions, Robert Bobby Moore fue uno de los líderes más carismáticos del tozudo equipo nacional inglés que en 1966 se coronó campeón en el Mundial disputado en Inglaterra, lo que le valió la condecoración de la OBE ?Order of the British Empire? de manos de la mismísima reina Elizabeth II. Había nacido en Essex en 1941, cuando los pilotos de la Royal Air Force habían ya hecho comprender a la Luftwaffe del gordo Goering que ni sus cazas de picado ni sus bombarderos doblegarían a ese pueblo de piratas y borrachos jocundos que engendró a Shakespeare e inventó el fútbol.

Para muchos ingleses el mayor dilema existencial es rugby o fútbol, un to be or no to be en el que Bobby Moore optó por el fútbol. Desde chiquillo se sintió como pez el agua en el puesto de defensor y así, como zaguero, recaló en 1951 en el West Ham United de las afueras de Londres donde se hizo titular indiscutible, capitán del equipo y reconocido como gentleman de pies a cabeza, dentro y fuera de la cancha. Integró la selección que participó en el Mundial de Chile en 1962, y cuatro años más tarde, cuando estaba en el mejor momento de su carrera, el coach Alf Ramsey lo convocó a la selección que en Wembley terminó campeona tras vencer a Alemania Federal. Bobby Moore se volvió un ícono, una personalidad carismática, admirada y respetada, un tipazo formidable reconocido por su sencillez, su honestidad, por su apego al fair play.

Ramsey, ratificado como entrenador de la selección de los Tres Leones, se propuso reiterar la proeza de Wembley en el Mundial siguiente, el de México 70: quería demostrar que el título que ganaron en Londres era legítimo, a despecho del tanto que en el tiempo suplementario rompió el empate y que los alemanes recusaron porque el balón nunca traspuso la línea de gol. Pero no contaba con que iba a ser un Mundial de gigantes, que Alemania quería reencontrar a Inglaterra y cobrarse la revancha pues sabía que la venganza es un plato que se come frío, que Italia iba para triunfar, que Uruguay quería reverdecer sus añejos laureles, que la Unión Soviética planeaba demostrar que el realismo socialista se aplicaba también al fútbol, que el Brasil de Pelé había decidido quedarse para siempre con la copa Jules Rimet para lo que le hacía falta, como estipulaba entonces la FIFA, ser campeón por tercera vez.

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Para muchos ingleses el mayor dilema existencial es rugby o fútbol, un to be or no to be en el que Bobby Moore optó por el fútbol

La preparación premundialista de Inglaterra tuvo su momento final en una minigira sudamericana con partidos frente a las selecciones de Colombia y Ecuador, para adaptarse poco a poco a la altitud de México. El 18 de mayo la delegación inglesa llega a Bogotá y se aloja en el elegante hotel Tequendama. Tras las formalidades de registro y luego de un corto descanso, los jugadores bajan a estirar las piernas por los imponentes salones del hotel; Bobby Moore y Bobby Charlton, otro de los grandes del fútbol inglés, entran a la joyería Fuego Verde pues Charlton buscaba un regalo para llevarle a Norma, su esposa que aguardaba por él en Londres. Había unos cuantos clientes más en la tienda, entraron también el médico del equipo y el delantero Peter Thompson además de otros jugadores que se asoman un momento. Ocurría lo que ocurre en cualquier joyería. La gente contempla las joyas de las vitrinas, pide a la vendedora que enseñe alguna, justo lo que Bobby Charlton hace: le pide que le muestre uno de los brazaletes expuestos, lo observa, lo devuelve y los dos Bobbies salen tranquilamente de Fuego Verde. Habían dado apenas unos cuantos pasos cuando Clara Padilla, la vendedora, salió corriendo y gritó: "¡Ladrones, ladrones!", una alarma sonó, llegó la policía, se acercaron algunos de los otros ingleses, varios curiosos, Alf Ramsey, el gerente del hotel; Clara Padilla señaló a Bobby Moore diciendo medio en español, medio en inglés: "¡Se ha robado un brazalete!", ante la sorpresa de todos. De todos menos la del propio Booby Moore quien con la flema de un caballero inglés paseando por Piccadilly Circus expresó con gestos a los policías que podían revisarlo: estos lo hicieron y no encontraron brazaletes ni collares de perlas ni anillos de piedras preciosas, no encuentran nada que hubiera salido fraudulentamente de Fuego Verde. Tras un momento de desconcierto, el gerente del Tequendama, Clara Padilla y los agentes de la policía presentaron sus disculpas por el incidente y las cosas no trascienden pues además, el jefe de la delegación inglesa pide a los corresponsales de prensa de su país no hablar del asunto ya que, en realidad, no había pasado nada. El 20 de mayo, en el Campín de Bogotá Inglaterra, saludada por la hinchada local, vence 4-0 a Colombia; al día siguiente parte para Ecuador.

En Quito, los dirigidos por Alf Ramsey se imponen sin mayor dificultad a Ecuador por 2-0. El lunes 25 de mayo los ingleses se aprestan a viajar a México en un vuelo vía Bogotá. Alguien sugiere tomar un vuelo directo, u otro, uno que hace escala en Panamá en lugar del que se detiene en la capital colombiana pues el malentendido del brazalete a lo mejor flotaba todavía en el aire por aquellos lares. "El que no la debe no la teme" dijo Bobby Moore a su manera, apoyado por Alf Ramsey y, sin más, la delegación inglesa se embarca rumbo a Colombia. En Bogotá, el vuelo de conexión hasta la capital azteca está previsto para varias horas más tarde por lo que la selección se instala en el hotel Tequendama, esta vez solo por unas horas, en espera de su vuelo. Para matar el tiempo Bobby Moore, otros jugadores, miembros del cuerpo técnico y también algunos directivos entran al cine del hotel, que proyectaba la película de Andrew McLaglen Shenandoah, protagonizada por James Stewart.

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Los Confederados instalan a toda prisa una defensa de baterías para repeler una arremetida del ejército de la Unión; la bella y triste melodía, Shenandoah como el título del film, se extingue poco a poco cediendo ante el estrépito de los tiros de cañón y los disparos de los nordistas avanzando a caballo. La pantalla muestra de pronto una casa en medio de una granja hasta la que llega el fragor de la batalla; la puerta de la casa se abre lentamente y un hombre alto y de ojos azules, James Stewart, aparece mirando con dolor al frente reprobando la guerra, las guerras. Bobby Moore inmerso en la penumbra y cautivado por ese film pacifista, siente en el hombro una mano autoritaria que lo conmina a dejar la sala. En el hall del Tequendama dos agentes en civil del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad, el servicio de inteligencia colombiano), le informan en un inglés espantoso pero comprensible que tienen contra él un mandato de arresto por el robo de un brazalete. Un remolino de gente rodea a Moore y los policías: jugadores, el gerente del hotel, los directivos ingleses, Alf Ramsey, periodistas. Faltan seis días para el inicio del Mundial y ocho para el primer partido de Inglaterra, contra Rumania, y el grueso de la comitiva inglesa emprendió vuelo a México.

Ya en la delegación de policía, Booby Moore se encuentra acompañado de los directivos Denis Follows y Andrew Stephen, quienes habían ya informado de lo que sucedía al embajador británico en Colombia, Sir Thomas Edward Rogers. Se apareció también, para ofrecer su apoyo, el presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Alfonso Senior. El comisario formalizó la denuncia y declaró que Bobby Moore se encontraba desde ese momento bajo arresto y que debía comparecer ante el juez de instrucción al día siguiente. El estupor cundió entre los ingleses, Bobby Moore repite una y otra vez que él no ha robado nada; el que pusieran en entredicho su palabra lo hería hondo, lo afrentaba. Alfonso Senior intercedió y logró que el comisario aceptara que Bobby Moore cumpliera la detención bajo la forma de arresto domiciliario, en su residencia personal; le recomendó luego al más brillante de los jurisconsultos de la ciudad, el licenciado Vicente Laverde Aponte, considerado el abogado de las causas desesperadas, bête noire de los más severos tribunales correccionales del distrito judicial de Bogotá. En esos momentos, en Londres es de madrugada, en las salas de redacción los diarios tienen justo el tiempo de insertar en primera plana la noticia: "Bobby Moore arrestado por robo en Colombia". Cuando las campanas del Big Ben anuncian las ocho de la mañana y la City está ya embargada por el tráfago del inicio de un nuevo día de trabajo, la estupefacción es total: en el underground, en los pubs, en los dos pisos de los routemasters con su tradicional color rojo, en las dependencias de Scotland Yard, e incluso entre los efectivos de la Queen's Guard y los Yeomen Warders de la Torre de Londres, los londinenses no daban crédito a los titulares de la prensa, pero no tuvieron más remedio que creerlos cuando en su boletín informativo la noticia fue confirmada por la BBC con su habitual sobriedad. El té de las cinco de la tarde de aquel día supo a café, a café de Colombia.

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El 26 de mayo Pedro Dorado, el juez de instrucción de turno, ordena una reconstitución de los hechos por lo que todos los implicados en el caso se trasladan al hotel Tequendama. Antes tuvo que explicar al licenciado Laverde Aponte cómo así su patrocinado no fue inculpado el día mismo de la desaparición de la joya, cuando los policías de facción en el hotel no encontraron el cuerpo del delito en sus bolsillos tras revisarlo. Ocurrió que luego, dijo el magistrado, cuando los ingleses viajaron a Ecuador un testigo, Álvaro Suárez, declaró a las autoridades que él vio a Bobby Moore coger el brazalete e introducirlo en sus vestimentas, declaración que animó a Clara Padilla a retractarse y sentar denuncia contra Bobby Moore. La reconstitución fue una comedia de equivocaciones pues, además, faltaba el otro Bobby, Charlton, a quien ni siquiera se aludió como cómplice ya que tanto el testigo como Clara Padilla insisten en que Bobby Moore actuó solo.

Para quienes lo vieron u oyeron Bobby Moore fue siempre un caballero, y así se le recuerda

En México, la comitiva inglesa es presa de la incredulidad, y sigue las noticias con avidez mediante la prensa escrita local y las ondas cortas de la BBC; los entrenamientos se relajan un poco. Bobby Charlton quiere regresar a Bogotá para ayudar a su tocayo, también Peter Thompson, para declarar ante el juez que él estuvo en Fuego Verde en el mismo momento y que no vio nada reprobable ni sospechoso en la actitud de Bobby Moore; Alf Ramsey se opone a que viajen, temiendo que la cantidad de sus jugadores arrestados aumente a tres. En Londres, desde su oficina en el número 10 de Downing Street, el Primer Ministro Harold Wilson instruye a sus diplomáticos en Colombia para velar por que se respete la legalidad y que las autoridades colombianas desmarañen ese embrollo cuanto antes. El juez Dorado era uno de los pocos hombres en Colombia al que nunca le había interesado el fútbol: desconocía cuáles eran los clubes más importantes de su país, ignoraba que en pocos días empezaba el Mundial...el nombre de Bobby Moore le era totalmente desconocido, por lo que manifestó, sin ninguna mala fe, que el caso en curso podía durar hasta tres meses, tal como lo contempla el código de procedimientos penales.

La siguiente diligencia judicial ordenada por el juez Dorado fue la de formalizar las declaraciones de los testigos, Álvaro Suárez y Clara Padilla. El licenciado Vicente Laverde Aponte no tuvo mayor dificultad en detectar las imprecisiones y contradicciones en las que aquellos incurrían, empezando por el precio del brazalete: pasó de quinientos dólares a mil cuatrocientos y finalmente a cuatro mil. También observó que la vendedora había visto en la tienda a Bobby Moore acompañado de Bobby Charlton pero hablaba solo del Bobby incriminado; finalmente hizo notar que Clara Padilla no lograba precisar el momento en que Bobby Moore habría sustraído el objeto desaparecido. Por otro lado, la afirmación de Álvaro Suárez de que Bobby Moore extrajo el brazalete de la vitrina fue desbaratada pues las manos del zaguero inglés eran demasiado grandes como para poder introducirlas por la pequeña abertura de la vitrina. Laverde Aponte supo entonces que la causa estaba ganada.

La instrucción judicial, formalmente, no había concluido: podía durar tres meses, como había prevenido el juez, pero las presiones diplomáticas y los apremios del abogado lograron que el juez Dorado levantara la orden de arresto contra Bobby Moore, quien partió para México el 28 de mayo y se reintegró a su selección. Semanas más tarde, el magistrado resuelve sobreseer el caso por falta de pruebas.

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Inglaterra tuvo una participación modesta en el Mundial de México. Triunfos por 1-0 frente a Rumania y Checoslovaquia, derrota por la mínima diferencia frente a Brasil. Logró, sin embargo, pasar a cuartos de final, donde Alemania Federal la venció por 3-2 cobrándose, por el mismo score, la venganza por el gol imaginario de la final en Wembley.

Tras el Mundial Bobby Moore volvió a las filas del West Ham United, club al que le daría, fiel a la camiseta, dieciséis años de su vida y lo mejor de sus dotes de futbolista. En 1974 dejó el club de sus amores y fichó por el Fulham F.C., entonces en segunda división. Luego jugó en los Estados Unidos, cuando la United States Soccer Federation y una serie de clubes con gran capacidad financiera, empezaron a contratar a las viejas glorias del fútbol mundial aún en actividad para promover masivamente su práctica en el país y elevar el nivel de los partidos de la North American Soccer Ligue. En 1978 colgó los botines y volvió a su Londres querido; a lo largo de los años ochenta sus actividades de jubilado estuvieron siempre vinculadas al fútbol. A comienzos de 1993 Bobby Moore anuncia públicamente que desde hacía tiempo padecía de un cáncer colo-rectal, ahora en fase terminal. El 17 de febrero aparece por última vez en la televisión, comentado un partido de la selección inglesa. Falleció una semana después, a los 51 años, sabiéndose querido de los amantes del fútbol.

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Dicen que el caso del brazalete de Bogotá fue una patraña para sacarle dinero. Dicen que fue la mafia colombiana la que montó la acusación, para disminuir a Inglaterra durante el Mundial y ganar una apuesta. Dicen que habría sido un futbolista inglés el autor del robo, pero que Bobby Moore era incapaz de denunciar a un compañero. Dicen que debido a ese incidente la reina Elizabeth II no Ie otorgó un título nobiliario ni el privilegio de llevar junto a su nombre las siglas MBE, Member of the British Empire. Poco importa: para quienes lo vieron u oyeron Bobby Moore fue siempre un caballero, y así se le recuerda.

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Extracto del libro Mundiales y destinos (Campo Letrado Ed, Lima, 2017), de Jorge Cuba Luque.

Jorge Cuba Luque (Lima, 1960). Ha publicado los libros de cuentos Colmena 624 (1995), Ladrón de libros (2002, reed. 2015), el volumen evocativo Yo me acuerdo (2008) y la novela Tres cosas hay en la vida (2010). En 2004 obtuvo en la universidad Toulouse-Le Mirail (Francia) un doctorado en Estudios sobre América Latina tras sustentar su tesis La presse de Lima et la littérature urbaine au Pérou. 1948-1955.


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