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No llores, María José

21/05/2018 11:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Queremos sacar a Guillem Martínez a ver mundo y a contarlo. Todos los meses hará dos viajes y dos grandes reportajes sobre el terreno. Ayúdanos a sufragar los gastos y sugiérenos temas (info@ctxt.es).

A María José le tiran las rayas canallas de los colchones. Lleva una vida siguiendo a su equipo del alma en Segunda, Primera, Champions, Europa League o Trofeo Colombino. Se compra la ropa interior rojiblanca, tenía un perro que se llamaba Ayala y sólo pudo llorar la muerte de su padre cuando se cruzó en la estación con José Eulogio Gárate, el ídolo de todos, aquel al que le dedicó unos ripios cuando era una niña. A María José la vi llorar de manera desconsolada con el descenso, eufórica con la Copa del Rey del Bernabéu, dolida con Lisboa y Milán, entregada a Gárate siempre, valiente para tener memoria y señorío cuando el club pasó de ser de todos a ser de unos pocos y la imaginé, anoche, envuelta en un torbellino de emociones porque decía adiós al gran amor de su vida, el único que ha podido competir con su inexplicable pasión por el Atlético de Madrid: Fernando Torres. A María José nunca hubo que explicarle que los trofeos, el palmarés y los títulos, como las victorias y las derrotas, no miden la estatura de las personas, ni el afecto de la gente, ni el cariño infinito de las personas. Si el Atleti, durante toda su historia, es la segunda religión oficial de muchos, y si este Atleti es un conjunto de feligreses rendidos al profeta Simeone, María José fue la primera devota de la causa de Fernando Torres.

A María José nunca hizo falta explicarle que hubo un niño que se autoimpuso cargar, con apenas 18 años, con la pesada carga de un club moribundo y huérfano de compromiso, porque a aquel niño le tiraron la camiseta número 9 cuando nadie tenía los santos bemoles de salir a la calle gritando que era del Atleti, y aquella camiseta, lejos de quedarle grande, a su Fernando le quedó pequeña. A María José nunca hizo falta explicarle que aquel chaval que le dijo no tres veces al equipo al que nadie le dice no, tuviera la necesidad de abandonar su hogar, porque tenía que crecer y nadie podía reprocharle que no buscase lo mejor para su carrera. A María José nunca hizo falta explicarle que aquel muchacho, estuviera donde estuviera, ganase lo que ganase y jugase donde jugase, fue el gran embajador mundial de un sentimiento, la bandera de un club que sufrió años de plomo y cuyos aficionados se sentían representados por alguien que lucía colores, bufanda y emblemas atléticos allí por donde hubiera que lucirlos. A María José nunca hizo falta explicarle que a su Fernando, amado por los atléticos y tachado de sobrevalorado por los que no lo son, siempre le defendieron sus números, porque jugó, ganó y marcó en todas las finales de todas las competiciones que cualquier jugador pueda imaginar.

A María José no hizo falta explicarle que cuando todos los españoles dimos un grito y sacamos el puño al viento en aquella final de Viena, ella ya había ido y había venido, porque en cuestión de oportunidad, baraka y destino, Torres escribió siempre su legado con puntería y precisión. A María José no hizo falta explicarle los motivos por los que Fernando regresó a su hogar, que no su casa, por segunda vez, porque agarró el bolso, salió disparada al Calderón y comprobó que más de 50.000 personas hacían cola para compartir calor, sentimiento y afecto con aquel que les hizo sentirse siempre orgullosos de formar parte de la tribu colchonera. A María José no hizo falta explicarle si existió alguna vez un desencuentro entre Simeone, el gran valedor del regreso del hijo pródigo, y el propio Fernando, sólo perdía la afición del Atleti, porque ambos son el Atleti y el Atleti son los dos. A María José no hizo falta explicarle que ahora que el Atleti ya no es la casa de los líos, ahora que levanta títulos y que cada día van más niños al colegio con la camiseta del Atleti, era el mejor momento posible para que esta tradición hermosa, que pasa de padres a hijos, diera el mejor adiós posible a una persona que representa todos y cada uno de los valores del club. A María José no hizo falta explicarle que Torres no ganó el Balón de Oro ? sí el de bronce, por si no lo saben?, porque Fernando ostenta un título más preciado, ser el Balón de Oro en los corazones de todos los atléticos, porque no hay Champions que valga, Liga o Copa con más valor que los sentimientos. A María José nunca hizo falta explicarle que no hay utilero, alevín, infantil, juvenil o jugador del primer equipo que no se identifique con los valores que transmite, dentro y fuera del campo, un señor en toda la extensión de esa palabra, que se fundió en un abrazo eterno con Gárate, que recibió la insignia de oro y brillantes de Adelardo y que nunca saldrá del sentimiento que representa como nadie porque no hay atlético en el mundo al que no haya firmado un autógrafo, ayudado en una causa noble o atendido con devoción, porque Fernando no persiguió su sueño, lo vivió. A María José nunca hizo falta explicarle que los mejores finales son los más directos, que los homenajes más sentidos son los más sencillos y que la fuerza del cariño no se mide en euros ni en títulos, sino en estatura moral. A María José no hizo falta explicarle que Fernando iba a marcar dos goles en su último partido de rojiblanco y que se iría con un título bajo el brazo como merecía, porque tenía esa fecha marcada en rojo en el calendario y porque sabía que si en esta vida existe la fuerza del destino, el cuento de Fernando sólo podía terminar con final feliz.

Eso sí, a María José, tutora, mentora, compañera, amiga y hasta familia, me faltaron palabras y tiempo para poder explicarle que las últimas horas de Torres con esa camiseta que se empeñó en glorificar no fueron un hasta nunca, sino un hasta pronto, porque Fernando no se va del Atleti, porque siempre seguirá estando, porque es el Atleti y el Atleti se identifica con todo lo que él representa. Anoche, bajo el manto estrellado del cielo de Madrid, el Metropolitano se estremeció, a uno le tocó la misión de contar por televisión una ceremonia que puso los pelos de punta y cuando menos lo esperaba, le fue imposible reprimir que una lágrima del tamaño de una bellota recorriera la mejilla. Y pensé en ti, María José. Imaginé qué podía pasar por tu cabeza. Y entonces, yo, que nunca he sido torrista convencido en lo futbolístico, sino simplemente admirador de su personalidad y sus valores, también pude llorar contigo. De Niño a leyenda. Como debía ser. De una manera inolvidable. Una despedida perfecta, la que siempre soñaste, María José. La que Torres merecía.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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1757
Tipo:
Reportaje
Licencia:
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