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Hace 5d

Por Merce Roura

Siempre fui la rara. Al principio pensaba que me faltaba algo y luego creí que me sobraba. No sabía por qué pero siempre me sentí distinta, no encajaba. Como ese juego que les ponen a los niños para que desarrollen su capacidad donde hay que meter el círculo en el hueco del círculo y la estrella en el hueco de la estrella... Yo no tenía hueco o no era capaz de encontrarlo... Y mi forma era rara.

Si tuviera que definir mi infancia usaría una palabra, triste. Me sentía rechazada y pequeña, soñaba con no estar o con vivir muy rápido y abandonar ese estado para poder ser adulta. Me sentía vieja, cansada que buscar mi hueco.

Todo era muy complicado y doloroso. Siempre he estado muy conectada a mi cuerpo y lo he somatizado todo. Por eso, era siempre una niña enferma. Perdía el equilibrio y me pasaba días en casa sin poder tenerme en pie... En mi mundo, todo era muy... Cuesta definirlo pero hay una palabra que me sirve, INTENSO. Cuando hacía frío hacía mucho frío, cuando algo daba miedo, daba mucho miedo... Cuando dolía, era insoportable. Una palabra me partía el alma en dos... Una mirada me rompía el corazón. Todo parecía una aventura complicada, todo era arriesgado y terrible.

En mi mundo, el invierno era la única estación del año. Siempre olía raro y mi nariz parecía loca llevándome de un lugar a otro... Hay lugares en los que no puedo entrar hoy en día porque ni nariz no me da permiso y me estómago se da la vuelta.

Caminaba encogida y siempre a flor de piel. Mi estómago se zarandeaba fácilmente. No paraba de soñar que todo pasaba, que llegaba un día en que era impermeable al mundo y nada me afectaba. Sin embargo, no llegaba nunca. No es que quisiera que fuera todo perfecto, es que necesitaba que fuera todo normal y nunca lo era, no lo fue, no lo es... Todavía hay ocasiones en que me doy cuenta de que freno mis sueños porque me asusta cumplirlos y ser distinta, especial, porque en el fondo, quiero ser NORMAL. Aunque esa no es mi verdadera forma, es la que todavía sueña la niña que llevo dentro y que no soporta que todo costara tanto de conseguir porque la vida le chillaba con un altavoz gigante. Había mucho ruido en mi mundo. El mundo en sí es un amasijo de ruidos insoportable que a veces martillea mi alma. Y no hablo sólo de mis oídos, hablo de mi piel... Siempre he estado buscando un poco de silencio... Y no podía pensar con claridad aunque tampoco dejaba de pensar... Siempre le daba vueltas a los mismos pensamientos. Los pensamientos se pudren, se acumulan, se corrompen.

Aunque lo más duro era una pena inmensa que me quebraba por dentro. El mundo me dolía, me duele. Me afecta como si fuera mi sangre y mi carne, tal vez lo es ... El dolor ajeno y la fealdad del ser humano me golpeaban las sienes. La injusticia me sacudía tanto ya entonces que era como un grito insoportable de algo que quería evitar y no podía... Tal vez por eso me convertí en gladiadora... Así reaccioné yo durante años al dolor inmenso de sentir que el mundo era un lugar sin alma, atacándolo, luchando, guerreando como una bestia para que se diera cuenta de que no podía seguir así, necesitando cambiarlo... Sin aceptarlo ni poder mirarlo porque me sentía apuñalada.

Si tuviera que definir mi despertar de todo esto, usaría otra palabra, rabia. Una ira descomunal se adueñó de mí y decidí vengarme de este mundo hostil y perverso. Sin embargo, sólo conseguí hacerme daño a mí misma.

Y el mundo seguía sangrando y sangrándome. Daba vueltas sin mí porque yo me ocupaba de darle patadas. Odié tanto al mundo por no ser amable que me odié a mí... O tal vez primero me odié a mí por no ser normal y encajar y eso me hizo odiar al mundo porque no había un rincón en él que me pareciera acogedor y amable.

Hasta que comprendí que el mundo es un reflejo de mi alma cansada y que todo lo que hay en él tiene un pedazo de mí misma.

Hasta que no comprendí que no es malo, sino que sufre, como yo. Que no es cruel, es que tiene miedo, como yo... Que mi sensibilidad e intensidad no eran una carga sino una bendición, un privilegio que me permite tomarle el pulso a la vida y saber qué siente el mundo... Un don para encontrar mi lugar.

¿Habéis mirado a los ojos a alguien que no conocéis y habéis sido capaces de leer su dolor, de notar qué siente y empatizar tanto que te duela? Seguro, alguna vez. Imaginad ahora que pesara casi siempre, que no lo pudierais evitar y que necesitarais salvarle y decirle que lo notas todo... Que su rudeza fuera más ruda en ti y su miedo más intenso y pudieras casi respirarlo...

Pero ¿Cómo salvar al mundo si no puedes salvarte a ti? ¿Cómo amarle si no te amas porque no encajas en él?

Hasta que decidí que no iba a salvarlo, que iba a salvarme a mí y que si era capaz de conocerme y amarme, puesto que formo parte del mundo y me reflejo en él, sería capaz de curar una parte de él...

Todos somos una de las heridas que hay en el mundo, si somos capaces de cicatrizarlas y dejar que curen, estamos cosiendo una de ellas... Somos mundo y lo que sentimos queda dibujado en él y todo cambia.

Uno de los privilegios de sentir tanto, de sentirlo todo a flor de piel y percibir el mundo con todos los sentidos y alguno más, es descubrirte conectado a la vida y a las personas. Saber que no estás tan solo y que todos somos diferentes, especiales y en el fondo no encajamos, sólo fingimos un poco para poderlo soportar y evitar que nos señalen con el dedo. Aunque, los dedos que nos acusan en realidad son nuestros propios dedos...

Me pasé media vida escondiéndome y avergonzándome de mí, hasta que un día decidí empezar a usar mi dolor para hacer belleza, para curarme. Hasta que decidí ver mi «defecto» como una virtud y mi vulnerabilidad como una fortaleza.

Lo que separa a un friki de un héroe es la actitud. Yo no soy una heroína pero a veces siento que tengo poderes. Todos los tenemos, pero no los usamos... Porque nos asusta descubrir que brillamos y somos capaces de mucho... Nos asusta la responsabilidad de saber que nuestra vida en realidad depende en gran parte de cómo seamos capaces de surcarla y percibirla.

Por eso me puse a escribir. Empecé a usar las palabras para sacar el dolor, para mitigarlo y decirle al mundo que me salpicaba...

Yo que me había pasado la vida ocultándome, decidí desnudarme para notar la vida del todo y dejar de intentar ser impermeable.

Y en las palabras encontré el silencio, la burbuja, el lugar donde encajaba y desde el cuál podía pensar y sentir sin temor.

Y ahora doy gracias por no encajar, por no haber encontrado mi hueco y haber tenido que descubrir que mi hueco era yo misma... Y por haber descubierto que en realidad el mundo es un lugar hermoso, para ver su belleza sólo tengo que amarlo y no juzgarlo... Como tuve que hacer conmigo para descubrir mi poder. Esa es la clave, amar lo que eres, seas lo que seas.

Escribí este texto para una conferencia sobre Personas PAS (Personas Altamente Sensibles) en la Universidad de Psicología de Oviedo gracias a Jessica Buelga, gran profesional y buena amiga, una persona que siempre te contagia entusiasmo y energía. Gracias a ella, compartimos el pasado día 27 de octubre qué significa sentir y vivir intensamente, reconocer qué te pasa cuando la vida te afecta demasiado y aprender a existir con esa maravillosa carga de ser PAS que en realidad es un privilegio... Todo lo que nos hace enfrentarnos a lo que nos asusta es un don, una oportunidad... Todo lo que nos duele nos enseña a dejar de resistirnos a la vida... Todo lo que nos pone un obstáculo en el camino, en realidad, nos señala el camino... Mil gracias Jessica, mil gracias a las personas que compartieron conmigo ese momento y abrieron su alma para dejar entrar un poco de la mía y mil gracias a Asturias de nuevo... Te siento muy mía, cada vez más.

Fuente: https://mercerou.wordpress.com/2017/10/29/la-insoportable-necesidad-de-ser-normal/

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