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Jesús N. GalindoMiembro desde: 06/11/18

Jesús N. Galindo

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Según un informe científico, recientemente publicado, la década que ahora acaba ha sido la más calurosa en la historia del planeta

Esta semana está marcada por la celebración en Madrid de la Cumbre del Clima. Un evento que estaba programado para que se celebrara en Chile, pero que la situación de inestabilidad social, y los desórdenes que afectan a la movilidad de la población civil, han hecho que la ONU (de común acuerdo con el gobierno chileno) se plantearan la necesidad de un cambio de sede.

Reconozco, en este punto, lo oportuno y acertado que ha estado nuestro jefe de gobierno, al formular el quite que ha posibilitado presentar la candidatura de España, facilitando la organización de un acontecimiento de estas características, con tan solo tres semanas de preparación. Una medida que ha fortalecido y posicionado positivamente la imagen de nuestro país, y su capacidad de improvisación y liderazgo, para la disposición de grandes eventos.

Es innegable que el clima de nuestro planeta está cambiando de una forma más expeditiva, aunque todavía haya algunos insensatos o ignorantes que no lo quieran reconocer. Uno de ellos, el inefable Donald Trump, sigue negando la mayor y manteniendo su postura radicalizada, ignorando la proliferación de acontecimientos medioambientales, y su relación causa-efecto con todos aquellos fenómenos atmosféricos naturales que, cada vez más, se están prodigando y escenificando, con unos grados de virulencia que, hasta ahora, nunca habíamos conocido.

Si algún indicio me anima a confiar en la reversibilidad de la situación climática, a la que hemos abocado nuestro planeta azul, ese indicio está basado en la esperanza. Una de las virtudes teologales del cristianismo, materializada en la denuncia y sensibilización ejercidos por un movimiento juvenil que, a nivel mundial, se ha configurado en torno a la figura, un tanto controvertida, de Greta Thunberg. Una ciudadana sueca, de dieciséis años de edad, que ha abanderado esta iniciativa, y que pretende concienciar a la opinión pública, en general, para que seamos conscientes de los riesgos inmediatos a los que la tierra se enfrenta, por obra y gracia de los seres que la habitamos.

Hago aquí una breve reflexión en relación con esos mismos jóvenes. O, mejor dicho, con algunos de ellos; cuya reivindicación contrasta (por incoherente) con la actitud festiva que desarrollan, de forma periódica y habitual, asistiendo a esos ‘botellones’ y concentraciones lúdicas, donde muchos de los desechos e inmundicias que dejan, tras su celebración, son los mismos que, al final, acaban depositados en el fondo de nuestros mares.

Es, por tanto, una labor que nos atañe a todos. Aunque creamos que estamos actuando de forma correcta y en consonancia con la preservación de nuestro medio natural, seguro que podemos hacer algo más. Seguro que estamos dejando de hacer algo que nos resulta incómodo, o que consideramos no tiene importancia. Queda mucho por hacer en materia de reciclaje. Es bueno que nos concienciemos en este sentido y que enseñemos a nuestros menores la importancia del reaprovechamiento de envases y materiales. Pero es más importante que aprendamos nuevos hábitos de consumo, y nos acostumbremos, cada vez en mayor medida, a adquirir los alimentos, materias primas y otro tipo de materiales, sin envasar en plásticos ni materiales que no sean biodegradables.

Una de las consecuencias directamente relacionada con el cambio climático, por más que algunos sean escépticos en esta materia, es la proliferación y virulencia de ciertos fenómenos atmosféricos, con los que la naturaleza nos obsequia, de forma periódica y que, en Los Alcázares, por desgracia podemos dar fe de ello.

Cuando estoy escribiendo este artículo, estamos sufriendo el tercer episodio de lluvia e inundaciones que hemos padecido en tan solo tres meses, y al que habría que añadir el que padecimos en diciembre de 2016. La intensidad con la que, algunos de ellos, se han presentado han conseguido minar la economía y la confianza que los vecinos de Los Alcázares tenemos en la resolución de este tipo de siniestros. Hay todavía muchos comerciantes y ciudadanos de a pie que están reparando (y sufragando) los desperfectos ocasionados por las inundaciones de septiembre pasado, e inclusive –en algún caso- de diciembre de 2016.

Casualmente, hace unos pocos días, participé en una mesa redonda organizada por la Asociación La EcoCultural, de Los Alcázares, junto a la Asociación de Meteorólogos del Sureste, en la que se analizaron las causas y los efectos de este tipo de fenómenos meteorológicos. Por datos obtenidos en dicho coloquio se sabe que, desde que existen registros de pluviometría, en Los Alcázares se han producido episodios de lluvias torrenciales, con caudales muy importantes que, en algunos casos se han asemejado a los obtenidos recientemente. Prueba de ello, las lluvias torrenciales ocurridas en 1987, donde también hubo desbordamientos de algunas ramblas. Pero hay un hecho diferenciador muy importante. La crecida del agua afectó a los márgenes de las ramblas, únicamente, y no hubo incidencias de consideración en el resto de la geografía urbana.

En estas últimas avenidas, sin embargo, la zona afectada y los daños producidos (por cierto, de una cuantía ingente) han afectado a la práctica totalidad de las calles de esta localidad. Otro dato. Las escorrentías producidas, en estas últimas riadas, venían llenas de barro y lodo, cosa que, anteriormente no era así.

No soy quien, para proponer medidas regeneradoras, pero sí que puedo apreciar que, a resultas de los datos que he ofrecido, algo se habrá hecho mal para que un fenómeno de estas características que, en época anterior, no tenía un grado de afección sobresaliente, ahora sea motivo de una catástrofe continuada, cuyos efectos podrían dar al traste con la economía de un pueblo que vive del sector servicios.

Esta anormalidad que parece es irreversible, sin embargo, se podría estabilizar y controlar si fuéramos capaces de cumplir con determinados comportamientos, acordes con nuestros hábitos de conducta. En nuestras manos está la responsabilidad de legar un espacio habitable, donde las generaciones futuras disfruten de un medio natural que no esté amenazado ni condicionado.

Mientras tanto, y como medida paliativa al problema que se plantea en Los Alcázares, se deberían contemplar algunas soluciones, en el ámbito de las infraestructuras hidráulicas, que podrían minimizar los efectos causados por este tipo de sucesos. Algo en lo que ya no confiamos la mayoría de vecinos, quienes hemos sido objeto, en repetidas ocasiones, de promesas que nunca se cumplen y que han sido hechas al socaire de una foto oficial, oportunamente tomada en el transcurso del ‘duelo’ celebrado tras cada desastre.

Sirva, pues, el presente artículo, como símbolo de mi apoyo y humilde aportación a la consecución de los objetivos de esta Cumbre del Clima, a la que me uno en ese S.O.S. desesperado, y donde unos miles de personas -representantes de todas las partes del mundo-  están intentando conseguir un considerable beneficio para toda la humanidad.

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com

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